En España, la flexibilidad de la demanda se está revelando como un mecanismo primordial en la óptima gestión de las redes de distribución eléctrica para mantener las reservas necesarias y reforzar la operación de la red eléctrica. En este contexto, la reciente activación del Servicio de Respuesta Activa de la Demanda (SRAD), ante una reducción no prevista de la producción eólica, vuelve a poner de relieve esta evolución.
Desde Schneider Electric observamos cómo el papel de la flexibilidad y más concretamente de la flexibilidad de la industria, como grandes demandantes de electricidad, pueden convertirse en un elemento más que orquestar en un sistema cuya generación puede tener comportamientos más rápidos en impredecibles que en el pasado. Además de consumir electricidad, las empresas electro-intensivas pueden aportar capacidad de respuesta cuando conocen con precisión sus cargas y disponen de herramientas para actuar sobre ellas de forma controlada.
Para el segundo semestre de 2026, Red Eléctrica adjudicó 1.775 MW de potencia en el marco del SRAD, con un precio marginal por disponibilidad de 42,62 euros por cada MW asignado y hora. En su tercera activación del año, y la segunda en apenas una semana, el mecanismo movilizó 943 MW. La energía activada se remuneró adicionalmente al precio de la regulación terciaria correspondiente, que en esta intervención alcanzó un precio medio ponderado de 185,51 €/MWh.

El valor operativo de la demanda flexible
En un sistema con una mayor presencia de generación variable, los consumos capaces de modularse pueden ayudar a resolver desviaciones entre la producción prevista y la energía realmente disponible. La CNMC define el mecanismo como una vía para incorporar la demanda como proveedora de servicios para la operación del sistema. Desde Schneider Electric creemos que este tipo de respuestas de la demanda se deben convertir en algo cada vez menos “excepcional”. Con la vista en el futuro próximo debe ser parte de la solución para la gestión de los nodos de la red saturados.
Para la industria, esta evolución debe abrir una ventana de posibilidad para generar valor a partir de su gestión energética. Una planta que conoce su perfil de consumo puede determinar si existen cargas que admiten una reducción temporal o procesos que pueden desplazarse a otra franja sin afectar a la actividad esencial y ser retribuidos por esa capacidad.
Esto, evidentemente, requiere de una evaluación técnica previa que determine durante cuánto tiempo puede modificarse cada consumo, qué impacto tendría sobre la producción y cómo se recuperaría posteriormente la actividad. También deben analizarse los requisitos de medida, control así como la comunicación exigida para participar en el servicio de flexibilidad.
Digitalización para responder con precisión
Una vez definida la estrategia de flexibilidad, la gestión energética digital permite ejecutarla con precisión. La monitorización en tiempo real aporta visibilidad sobre el comportamiento de la planta, mientras que la automatización coordina la respuesta y protege los procesos que deben permanecer operativos.
El almacenamiento energético mediante BESS puede ampliar esta capacidad al reducir temporalmente la energía tomada de la red. Cuando se combina con autoconsumo fotovoltaico, ayuda a adaptar mejor el uso de la energía disponible a las necesidades de la planta. Su viabilidad dependerá, en cualquier caso, del perfil de consumo de cada instalación y del retorno esperado de la inversión.
Este escenario también genera nuevas oportunidades para las empresas que diseñan y gestionan instalaciones energéticas. Su papel será clave para detectar qué cargas pueden flexibilizarse y adaptar los sistemas de control a las condiciones de cada planta. La agregación puede facilitar además la participación de instalaciones que, por sí solas, no alcanzan la potencia mínima requerida.
Desde Schneider Electric entendemos esta evolución como una oportunidad para avanzar hacia una gestión energética más inteligente. Cuando una empresa conoce cómo consume y prepara sus instalaciones para responder con precisión, la demanda deja de ser únicamente un coste y se convierte en un recurso activo. Esta capacidad puede generar nuevo valor para la industria, reforzar su resiliencia y facilitar la integración de más energía renovable en el sistema eléctrico.
En un entorno energético tan trepidante como el que vivimos, pero con una dirección cada vez más clara, los actores productivos que incorporen la energía a su estrategia empresarial y entiendan su papel dentro de un ecosistema de intercambio de valor estarán mejor posicionados para construir una ventaja competitiva sostenible.

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